No tengo camino...Porque tengo que trazarlo.
No tengo sonrisa...Porque alguien tiene que dibujarla.
No tengo ganas de llorar...El cielo lo hace por mí.
No tengo ganas... ¿Pero las tuve alguna vez?
No tengo sueño...Sólo sueños.
No tengo esperanza... La música me la da.
No tengo ansias... Todo llega, sólo tengo que esperar.
No tengo pasado... Porque no soy creativo.
No tengo futuro... Está nublado.
No tengo presente...He perdido la brújula.
No tengo tiempo... Lo he perdido.
No tengo luz...Tengo las estrellas.
No tengo oscuridad... Tengo mente, recuerdos, cabeza.
No tengo frío... Porque tengo sentimientos.
No tengo calor... Porque me falta un abrazo.
No tengo vida... No he pagado por ella.
No tengo muerte... No estoy solo del todo (aún)
No tengo sentimientos
No tengo piedad
No tengo seguridad
...No tengo miedo... Porque junto a mí estás tú
Está lloviendo...
No estoy solo, porque me vas a encontrar.
Alex
Though I'm sorrounded by the crowd, I am a boy who walks alone...
29/10/10
14/8/10
Caída libre
Caemos.
Como paracaidistas de élite, como gotas de lluvia precipitándose en un ademán melancólico contra ese obstáculo insondable que es el suelo.
Mientras caemos nuestro corazón se desboca, dejando salir todo lo que nos guardamos dentro, todo lo que nos enerva, carcome o duele.
Estamos expuestos, desatados, y es por eso que gritamos.
Abrimos los paracaídas, remiendos hechos de excusas, de justificaciones para ocultar lo que somos.
Y ese paracaídas, esa máscara, nos protege del golpe letal, el que liquida nuestra vida sin más sonido que un "PAF"
Caigo.
Caigo como un meteorito en llamas, como una bola de nieve desde lo alto.
Como el meteorito y la bola de nieve, me consumo, me quemo, me derrito durante mi recorrido, ya sea por la atmósfera o por la contaminación que me intoxica a mi paso.
Y por eso desaparezco.
Caigo, caigo sin más. He renunciado al paracaídas en busca de algo más. Algo distinto y poderoso que me arranque del abrazo del tedio.
Sentimientos. Sentimientos en estado puro, no refrenados por el dique de la apariencia o la rigidez de las patéticas convenciones sociales.
Emoción, excitación. Euforia. Placer.
Fuego, agua.
Amor.
Caigo sin paracaídas a un mundo frío, y a veces con una realidad tan dura como el hierro. Aplastado, magullado y con el alma partida en tantas porciones como estrellas en el cielo.
...Y es entonces, cuando estoy muerto para el mundo y para ella, cuando me pregunto si valió la pena.
Alex
Como paracaidistas de élite, como gotas de lluvia precipitándose en un ademán melancólico contra ese obstáculo insondable que es el suelo.
Mientras caemos nuestro corazón se desboca, dejando salir todo lo que nos guardamos dentro, todo lo que nos enerva, carcome o duele.
Estamos expuestos, desatados, y es por eso que gritamos.
Abrimos los paracaídas, remiendos hechos de excusas, de justificaciones para ocultar lo que somos.
Y ese paracaídas, esa máscara, nos protege del golpe letal, el que liquida nuestra vida sin más sonido que un "PAF"
Caigo.
Caigo como un meteorito en llamas, como una bola de nieve desde lo alto.
Como el meteorito y la bola de nieve, me consumo, me quemo, me derrito durante mi recorrido, ya sea por la atmósfera o por la contaminación que me intoxica a mi paso.
Y por eso desaparezco.
Caigo, caigo sin más. He renunciado al paracaídas en busca de algo más. Algo distinto y poderoso que me arranque del abrazo del tedio.
Sentimientos. Sentimientos en estado puro, no refrenados por el dique de la apariencia o la rigidez de las patéticas convenciones sociales.
Emoción, excitación. Euforia. Placer.
Fuego, agua.
Amor.
Caigo sin paracaídas a un mundo frío, y a veces con una realidad tan dura como el hierro. Aplastado, magullado y con el alma partida en tantas porciones como estrellas en el cielo.
...Y es entonces, cuando estoy muerto para el mundo y para ella, cuando me pregunto si valió la pena.
Alex
27/5/10
Dies Irae...
"No te olvides de mí,
ahora voy hacia un lugar en donde no existe el miedo,
donde no vive el adiós.
Me marcharé montado en la brisa del mar,
yo viviré en tu memoria
y dormiré en tu corazón..."
Es realmente increíble el don que tienen los músicos para dar voz a los sentimientos. Esto es exactamente lo que quise decirle a ella aquella noche. Pero no encontraba las palabras...
Quería decirle que la echaría de menos, entonces, ahora y siempre. Que no me olvidara, pasara lo que pasara.
Porque así, aunque no respirara y aunque no pudiese tocarla, seguiría vivo.
En sus recuerdos.
ahora voy hacia un lugar en donde no existe el miedo,
donde no vive el adiós.
Me marcharé montado en la brisa del mar,
yo viviré en tu memoria
y dormiré en tu corazón..."
Es realmente increíble el don que tienen los músicos para dar voz a los sentimientos. Esto es exactamente lo que quise decirle a ella aquella noche. Pero no encontraba las palabras...
Quería decirle que la echaría de menos, entonces, ahora y siempre. Que no me olvidara, pasara lo que pasara.
Porque así, aunque no respirara y aunque no pudiese tocarla, seguiría vivo.
En sus recuerdos.
16/2/10
Reflejo
No podía verme en los charcos. No podía verme en las ventanas. No podía verme en tus ojos.
No podía verme.
Pregunta clave, pregunta que me hago cada vez que abro los ojos, un día más.
¿Quién soy?
Pregunta sin una respuesta clara, como todo lo que parece incumbirme.
En realidad, no soy lo único borroso que hay en el mundo. La calle está borrosa. La gente está borrosa, al igual que sus pensamientos. Nada es nítido, somos una mezcla de ingredientes variopintos. Somos un todo.
Pero no lo asumimos. Yo al menos no. Por eso cuando camino solo entre la gente me siento perdido, absorbido. Dejo de saber quién soy. Incluso si no me controlo puedo perder de vista mis deseos, lo que quiera que me haya llevado allí. Todos corren, todos caminan, nadie se para. Cuando quieres darte cuenta tú también has caído en esa trampa.
La multitud se revuelve, convulsiona, se esparce por las calles como lo hace el agua, sólo que ésta es más uniforme, es consciente de que es un todo.
Y yo, y todos vosotros, os empeñais en buscar lo que os hace distintos, lo que os convierte en vosotros mismos. No sé si alguien lo habrá conseguido ya, no sé si alguien habrá sido capaz de despegarse del montón y avanzar, libre, sin normas ni prejuicios de ningún tipo. No sé si alguien habrá sido capaz de mirarse en un charco o en los ojos de una persona y decir "Sí, soy yo" Y el espejo no sirve. La apariencia no sirve. Sé como soy por fuera. Alto, castaño, ojos pensativos.
Pero, ¿Y por dentro? ¿Qué pasa con el interior?
No puedo ver mi interior. Está inquieto, está borroso. Siempre lo estará.
¿Por qué?
Porque ni yo ni nadie somos capaces de perseguir o definir algo que cambia y se transforma constantemente, igual que un pintor es incapaz de retratar a una persona que no para de moverse.
Eso es mi interior. Eso es tu interior. Un ente convulso, frágil y fuerte a la vez, incapaz de estarse quieto y preservarse de la misma manera para siempre.
Porque no somos inmortales. Nacemos, crecemos, maduramos, morimos.
Y nuestra mente, nuestros sentimientos, todo...También.
Alex
No podía verme.
Pregunta clave, pregunta que me hago cada vez que abro los ojos, un día más.
¿Quién soy?
Pregunta sin una respuesta clara, como todo lo que parece incumbirme.
En realidad, no soy lo único borroso que hay en el mundo. La calle está borrosa. La gente está borrosa, al igual que sus pensamientos. Nada es nítido, somos una mezcla de ingredientes variopintos. Somos un todo.
Pero no lo asumimos. Yo al menos no. Por eso cuando camino solo entre la gente me siento perdido, absorbido. Dejo de saber quién soy. Incluso si no me controlo puedo perder de vista mis deseos, lo que quiera que me haya llevado allí. Todos corren, todos caminan, nadie se para. Cuando quieres darte cuenta tú también has caído en esa trampa.
La multitud se revuelve, convulsiona, se esparce por las calles como lo hace el agua, sólo que ésta es más uniforme, es consciente de que es un todo.
Y yo, y todos vosotros, os empeñais en buscar lo que os hace distintos, lo que os convierte en vosotros mismos. No sé si alguien lo habrá conseguido ya, no sé si alguien habrá sido capaz de despegarse del montón y avanzar, libre, sin normas ni prejuicios de ningún tipo. No sé si alguien habrá sido capaz de mirarse en un charco o en los ojos de una persona y decir "Sí, soy yo" Y el espejo no sirve. La apariencia no sirve. Sé como soy por fuera. Alto, castaño, ojos pensativos.
Pero, ¿Y por dentro? ¿Qué pasa con el interior?
No puedo ver mi interior. Está inquieto, está borroso. Siempre lo estará.
¿Por qué?
Porque ni yo ni nadie somos capaces de perseguir o definir algo que cambia y se transforma constantemente, igual que un pintor es incapaz de retratar a una persona que no para de moverse.
Eso es mi interior. Eso es tu interior. Un ente convulso, frágil y fuerte a la vez, incapaz de estarse quieto y preservarse de la misma manera para siempre.
Porque no somos inmortales. Nacemos, crecemos, maduramos, morimos.
Y nuestra mente, nuestros sentimientos, todo...También.
Alex
14/2/10
10/2/10
Gota
Pienso, luego existo
Entonces... Si piensan en mí, existo.
Pero... ¿Piensan en mí?
No. En absoluto.
Nunca jamás.
Hay demasiada gente en el mundo como para que alguien se detenga en medio de la corriente y se fije en ti.
Demasiadas gotas fundidas en el cauce de un río, como un todo abrumador y sucio que nos arranca la identidad.
Sólo soy una gota más. Acabaré depurado, o contaminado, en lo más profundo del mar o fusionado con un cuerpo cuando alguien me lleve a sus labios.
Sólo soy una gota. Una de las miles que caen del cielo, impactando y reventando contra el suelo.
Ojalá...Ojalá pudiera de algún modo chocar contra tus labios y deslizarme por ellos.
Sería, sin duda, la muerte más dulce.
No piensan en mí...Luego no existo
Alex
Entonces... Si piensan en mí, existo.
Pero... ¿Piensan en mí?
No. En absoluto.
Nunca jamás.
Hay demasiada gente en el mundo como para que alguien se detenga en medio de la corriente y se fije en ti.
Demasiadas gotas fundidas en el cauce de un río, como un todo abrumador y sucio que nos arranca la identidad.
Sólo soy una gota más. Acabaré depurado, o contaminado, en lo más profundo del mar o fusionado con un cuerpo cuando alguien me lleve a sus labios.
Sólo soy una gota. Una de las miles que caen del cielo, impactando y reventando contra el suelo.
Ojalá...Ojalá pudiera de algún modo chocar contra tus labios y deslizarme por ellos.
Sería, sin duda, la muerte más dulce.
No piensan en mí...Luego no existo
Alex
25/1/10
Llueve...
Llueve.
Las nubes se estremecen, el sol se agazapa abrumado. El cielo es gris, el viento gélido y cruel.
Llueve.
Es de noche en el día. Todo carece de luz, de calidez, como si el viento hubiera apagado las últimas velas de una tarta picoteada por el llanto de quien no quiere crecer.
Llueve.
Llueve cada vez más. Sólo uno o dos valientes desafían el clima con sus paraguas, aun a riesgo de que estos se vuelvan, incapaces de soportar la furia del aire. Alguno va con un chubasquero, otros se abrazan, compartiendo el aliento en un beso fugaz mezclado con gotas de agua pura. Otros van con guantes, resistiéndose a que el frío les pele los dedos, o con bufandas, intentando disimular que su nariz o sus mejillas han enrojecido.
Nadie está sin gorro, nadie se atreve a lanzarse a este improvisado castigo de la naturaleza sin abrigo, sin alguien que le abrace.
Salvo yo.
De las pocas personas que caminan por la calle, no ya paseando, pues no hace tiempo para eso, yo soy el único al que todos se quedarían mirando. Pensarían "Ese chico está loco. ¡Va a coger una pulmonía!"
Sí, reconozco que no es muy cabal salir a la calle en medio de una tormenta sin más protección que una ajada sudadera entre marrón y rojo y unos vaqueros rotos (Y no son así porque sea la moda, que conste)
Reconozco que no llevar un paraguas conscientemente y dejar que la lluvia te cale con su llanto cada mechón de pelo hasta el límite no debe de ser muy normal.
Pero bueno...Yo nunca he sido muy de tomar precauciones ante nada en la vida. Si me tenía que dar un coscorrón, me lo daba, aunque no intencionadamente.
Yo era... ¿cómo decirlo?
¿Alguna vez os habéis topado con el típico niño de dos años que cuando se ponía de pie echaba a correr y finalmente se caía de boca al suelo?
¿Alguna vez habéis tenido un compañero en clase que se ha dado de bruces con el pico de una mesa porque no estaba mirando precisamente donde tenía que mirar?
¿Alguna vez visteis a un chico con edad de saber atarse los cordones con zapatillas de velcro porque pese a sus intentos los cordones se soltaban y él acababa tropezándose con ellos?
¿Alguna vez visteis a alguien así?
Podría seguir eternamente con estas preguntas, pero fijo, fijo que alguna vez en vuestra vida habéis coincidido con alguien así. Y os habréis reído, preocupado o asombrado con ese alguien. Hasta puede que hayáis conseguido su amistad, si es que se decidió a dirigiros la palabra. O quizá lo odiásteis, por cualquier comprensible o incomprensible razón.
Porque vosotros sí os atabais los cordones. Vosotros sí mirabais por donde íbais. Vosotros nunca saldríais a la calle sin gorro o sin paraguas, porque valoráis ante todo vuestra seguridad y vuestra imagen.
Pero a mí...A mí eso dejó de importarme hace mucho, si es que alguna vez me importó.
No me importa mi imagen.
No me importa mi seguridad.
¿Por qué?
Bueno...Eso va en gustos, posiblemente.
De pequeño sí que me preocupaba todo eso. Muchísimo. Iba con los zapatos tan apretados que me dejaban marca en los tobillos. Llevaba paraguas incluso cuando no llovía (error >.<)
Pero un día me di cuenta de que haciendo todo eso me perdía muchas cosas. Cosas a las que probablemente muy poca gente preste atención.
Como el sonido de la lluvia al chocar contra el suelo.
Como el cosquilleo que recorre mi rostro y mi cuello cuando las gotas resbalan por él.
Como esa extraña alegría que me invade al pisar los charcos y empaparme hasta las rodillas.
Esa libertad, ese poder alzar los brazos en medio de todo y nada al mismo tiempo. Ese sentirme yo mismo de repente, en un único e irremplazable segundo.
Yo. Yo solo. Al margen del tiempo y el espacio.
Yo, el chico que se cala los huesos cuando llueve.
Yo, el que no se esconde de la lluvia ni teme el peligro, más bien lo desconoce.
Yo, el que no se protege de nada, para bien o para mal, porque cree que eso no le dejará sentir completamente la vida que hierve dentro y fuera de él.
Yo, el arriesgado. El temerario. El inocente. El inconsciente. El insensato. Probablemente el tío más estúpido que jamás vayas a conocer.
Yo, el chico que no tiene miedo de la lluvia.
Yo, el chico que no tiene miedo de la vida.
Yo...Yo, al fin y al cabo.
Yo, el chico que sólo teme a una sola cosa además de que le hagan daño a un pequeño grupo de personas.
Yo...El chico que tiene miedo de sí mismo.
Alex.
Las nubes se estremecen, el sol se agazapa abrumado. El cielo es gris, el viento gélido y cruel.
Llueve.
Es de noche en el día. Todo carece de luz, de calidez, como si el viento hubiera apagado las últimas velas de una tarta picoteada por el llanto de quien no quiere crecer.
Llueve.
Llueve cada vez más. Sólo uno o dos valientes desafían el clima con sus paraguas, aun a riesgo de que estos se vuelvan, incapaces de soportar la furia del aire. Alguno va con un chubasquero, otros se abrazan, compartiendo el aliento en un beso fugaz mezclado con gotas de agua pura. Otros van con guantes, resistiéndose a que el frío les pele los dedos, o con bufandas, intentando disimular que su nariz o sus mejillas han enrojecido.
Nadie está sin gorro, nadie se atreve a lanzarse a este improvisado castigo de la naturaleza sin abrigo, sin alguien que le abrace.
Salvo yo.
De las pocas personas que caminan por la calle, no ya paseando, pues no hace tiempo para eso, yo soy el único al que todos se quedarían mirando. Pensarían "Ese chico está loco. ¡Va a coger una pulmonía!"
Sí, reconozco que no es muy cabal salir a la calle en medio de una tormenta sin más protección que una ajada sudadera entre marrón y rojo y unos vaqueros rotos (Y no son así porque sea la moda, que conste)
Reconozco que no llevar un paraguas conscientemente y dejar que la lluvia te cale con su llanto cada mechón de pelo hasta el límite no debe de ser muy normal.
Pero bueno...Yo nunca he sido muy de tomar precauciones ante nada en la vida. Si me tenía que dar un coscorrón, me lo daba, aunque no intencionadamente.
Yo era... ¿cómo decirlo?
¿Alguna vez os habéis topado con el típico niño de dos años que cuando se ponía de pie echaba a correr y finalmente se caía de boca al suelo?
¿Alguna vez habéis tenido un compañero en clase que se ha dado de bruces con el pico de una mesa porque no estaba mirando precisamente donde tenía que mirar?
¿Alguna vez visteis a un chico con edad de saber atarse los cordones con zapatillas de velcro porque pese a sus intentos los cordones se soltaban y él acababa tropezándose con ellos?
¿Alguna vez visteis a alguien así?
Podría seguir eternamente con estas preguntas, pero fijo, fijo que alguna vez en vuestra vida habéis coincidido con alguien así. Y os habréis reído, preocupado o asombrado con ese alguien. Hasta puede que hayáis conseguido su amistad, si es que se decidió a dirigiros la palabra. O quizá lo odiásteis, por cualquier comprensible o incomprensible razón.
Porque vosotros sí os atabais los cordones. Vosotros sí mirabais por donde íbais. Vosotros nunca saldríais a la calle sin gorro o sin paraguas, porque valoráis ante todo vuestra seguridad y vuestra imagen.
Pero a mí...A mí eso dejó de importarme hace mucho, si es que alguna vez me importó.
No me importa mi imagen.
No me importa mi seguridad.
¿Por qué?
Bueno...Eso va en gustos, posiblemente.
De pequeño sí que me preocupaba todo eso. Muchísimo. Iba con los zapatos tan apretados que me dejaban marca en los tobillos. Llevaba paraguas incluso cuando no llovía (error >.<)
Pero un día me di cuenta de que haciendo todo eso me perdía muchas cosas. Cosas a las que probablemente muy poca gente preste atención.
Como el sonido de la lluvia al chocar contra el suelo.
Como el cosquilleo que recorre mi rostro y mi cuello cuando las gotas resbalan por él.
Como esa extraña alegría que me invade al pisar los charcos y empaparme hasta las rodillas.
Esa libertad, ese poder alzar los brazos en medio de todo y nada al mismo tiempo. Ese sentirme yo mismo de repente, en un único e irremplazable segundo.
Yo. Yo solo. Al margen del tiempo y el espacio.
Yo, el chico que se cala los huesos cuando llueve.
Yo, el que no se esconde de la lluvia ni teme el peligro, más bien lo desconoce.
Yo, el que no se protege de nada, para bien o para mal, porque cree que eso no le dejará sentir completamente la vida que hierve dentro y fuera de él.
Yo, el arriesgado. El temerario. El inocente. El inconsciente. El insensato. Probablemente el tío más estúpido que jamás vayas a conocer.
Yo, el chico que no tiene miedo de la lluvia.
Yo, el chico que no tiene miedo de la vida.
Yo...Yo, al fin y al cabo.
Yo, el chico que sólo teme a una sola cosa además de que le hagan daño a un pequeño grupo de personas.
Yo...El chico que tiene miedo de sí mismo.
Alex.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)